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¿Por qué en ocasiones nos cuesta tanto entendernos con alguien? ¿Cómo podemos favorecer la comunicación con otra persona?
Existen algunos retos en la comunicación que a menudo no tenemos en cuenta, y son fundamentales para que exista una buena comprensión.
En primer lugar,
Cuando dos personas tratan de comunicarse no se dan cuenta que hablar un mismo idioma no significa necesariamente expresarse en los mismos términos.

No es un tema semántico únicamente, cuando hablamos, atribuimos a cada palabra de forma implícita, un conjunto de conductas asociadas, que para nosotros se desprenden de forma lógica de ellas.
El tema es que si yo parto de la base que esas conductas son las mismas para mí que para ti, en la mayoría de los cosas me estaré equivocando. Damos por sentado que el significado de las palabras es el mismo para todos, y no es así.
Y me explico, si por ejemplo yo te digo que para mí el RESPETO es básico en una relación, y tú estás de acuerdo en respetarme, muy probablemente no estaremos hablando de lo mismo. ¿Por qué? Porque no hemos aclarado que es para mí y para ti el respeto. Y no me refiero a una explicación teórica y abstracta, sino a cuales son las conductas concretas que en el día a día, son para mí, expresión de la palabra respeto.
Si lo que yo entiendo por RESPETO es:
- Que siempre me digas la verdad.
- Que me hables con un tono de voz agradable.
- Que me llames una vez por semana para saber cómo estoy.
- Que me animes cunado me siento mal.
- Que me valores cuando mes siento inseguro.
- Que me felicites por mis éxitos.
Cualquier conducta que tú realices fuera de estos términos, para mi supondrá una falta de respeto, y además me parecerá ilógico tu comportamiento porque aseguraste que me ibas a respetar.
Efectivamente puede ser que exista una falta deliberada de respeto, pero también podríamos estar ante otra situación, y es que para la otra persona el respeto consista únicamente en no mentir, sin más.
Cuando yo creo que te estoy respetando y tú no te sientes respetado, se produce un desajuste que termina minando la relación y la confianza.
Que importante es poner en claro con otra persona cuales son los valores de cada uno, y qué conductas asociadas se desprenden de ello. Así sabremos si existe una afinidad real entre nuestros significados, porque la finalidad no es hablar sino comunicarnos, es decir, que el mensaje no solo parta de mí, sino que llegue a la otra persona y que ésta alcance una comprensión lo más fidedigna posible de lo que quiero transmitir.
No se trata de sentarnos y hacer una lista de valores y sus conductas asociadas, aunque si existe la confianza necesaria es un bonito ejercicio para hacer en común. Pero sin necesidad de ser tan explícitos, podemos aprovechar una conversación informal en la que la otra persona hable de la importancia de la amistad, para preguntarle ¿Qué es la amistad para ti? O ¿Cómo te relacionas con tus amistades?… la idea es poder indagar en ello porque si no, tu mente se queda con la información de lo que la amistad significa para ti, y esperarás comportamientos en el otro que no se darán, porque lo que está en tu mente es tu versión de amistad y no la suya.
Si no existe la suficiente confianza para hablar abiertamente con la otra persona, simplemente ten en cuenta que en la comunicación, sus conceptos y los tuyos pueden ser distintos. En ese caso, puedes observar su proceder, e ir haciéndote un mapa interno en base a sus conductas, para poder hacerte una idea aproximada.
La invitación es abrirnos, no sólo a escuchar las palabras, sino a entender que hay detrás de los significados.
Las palabras son herramientas creadas para facilitar la comunicación, pero el ser humano es tan complejo que los matices que cada uno le da a un concepto, pueden llegar a ser muy distintos.
En segundo lugar,
Cuando hablamos con alguien nuestra mente compara y calibra la situación con otros momentos vividos anteriormente con ella, o evoca recuerdos similares vividos con otras personas. De algún modo el cerebro busca referencias que nos puedan servir de ayuda para manejar la situación actual, pero eso nos lleva a error, y nos condiciona, porque lo que sucede ahora, no tiene por qué ser igual a lo que sucedió en una situación pasada.

Cuantas veces, sólo con mirar a alguien, por su gesto o su expresión ya crees saber qué siente y qué intenciones tiene, sin darnos cuenta que no tengo la certeza de que mi valoración sea adecuada.
Si bien es cierto que las neuronas espejo pueden detectar no solo la acción de otra persona, sino también la intención que hay detrás de la acción, y sobre todo, su emoción. Es igual de cierto que cuando estoy juzgando, mi percepción estará condicionada y existirá una incoherencia de información que me confundirá y no me permite abrirme a una comunicación real.
Creemos equivocadamente que lo que sucedió en el pasado me ayuda a afrontar mejor mi presente y mi futuro, pero no es así, por una simple razón: cada instante es diferente, cada persona es distinta, incluso la misma persona no tiene por qué actuar igual hoy que hace una semana… y si traigo a mi memoria un recuerdo que empaña el momento presente, lo estaré viendo distorsionado y referenciado a esa situación anterior, porque ya existe un prejuicio en mí, que de forma automática condiciona mi pensar, mi sentir y mi actuar.
Por ejemplo si creo que con mi jefe no se puede hablar porque no escucha, ya no me esforzaré por comunicarme con él, porque creeré antes de empezar, que de nada servirá. Así que estamos cogiendo situaciones pasadas para proyectarlas en el tiempo y creer que el presente y el futuro será más de lo mismo, cuando en realidad no lo sabemos.
El otro día escuchaba una conferencia de Sergi Torres, en la que decía que en cada instante presente tenemos la posibilidad de escoger ser libres de nuestro pasado y de nuestro futuro. No tenemos por qué ser el producto de nuestras experiencias pasadas, ni tampoco tenemos por qué ser esclavos de nuestros deseos y expectativas futuras, porque todos los pensamientos se crean en el presente.
Si te pido que ahora mismo pienses en el mejor momento de tus últimas vacaciones, te podrás dar cuenta que ese pensamiento lo tienes que armar ahora, en este momento. Aunque tengas una fuerte sensación de pasado, si el pensamiento está incidiendo en ti ahora, es porque lo estas reviviendo a tiempo presente.
La función de nuestra memoria es la de ahorrar energía, no la de condicionar mis decisiones presentes con mis recuerdos.
Todo lo que creemos que forma parte de nuestra historia, somos libres de soltarlo ahora, si no lo hacemos es porque creemos que nos define. ¿Quién sería yo sin mis recuerdos, sin mi historia, sin mi pasado?
Pero podemos darnos cuenta que yo genero mis pensamientos, y del mismo modo que lo hago, puedo dejar de hacerlo. Lo que ocurre es que el mecanismo es tan rápido y está tan automatizado que pensamos que no tenemos elección. Pero no es así, siempre puedo detener mi mente y cuestionarla. La mente es un maravilloso instrumento, pero tiene sus errores, sus sesgos cognitivos, que nos pueden perjudicar si no prestamos atención.
La implicación de dejar de juzgar es enorme, porque recuperas tu libertad de ser y actuar sin condicionantes previos, sin expectativas que te aten a un futuro que ya anticipo como será, en base a mi pasado.
El juicio aparecerá de forma automática, pero yo tengo la posibilidad de darme cuenta de ello y decirme a mí mismo, estoy creyendo que esta persona viene triste, pero en realidad no lo sé, veamos qué me cuenta.
Esto se ve muy claramente cuando ya he tenido discrepancias con alguien respecto a un tema concreto, o bien evito tocarlo, o bien me pongo a la defensiva creyendo saber lo que me dirá, pero eso no nos deja espacio para que nada nuevo pueda surgir, y se repetirá el mismo resultado una y otra vez.
Soltar los juicios en primera instancia asusta porque nos deja sin referencias, y nos abre a la visión que cualquier posibilidad es viable, pero es necesario para poder comunicarme con alguien sin que los prejuicios se interpongan entre nosotros.
En tercer lugar,
La necesidad de tener razón. Si observas, mientras otra persona te habla, tu mente ya está pensando qué va a responderle. Eso no nos permite una escucha real porque parte de nuestra atención está pensando qué decir.

¿Por qué sucede esto? Porque en realidad no tenemos tanto interés en el otro, sino en argumentar para tener razón, en justificarnos y exonerarnos de culpas si percibimos un reproche, o en calibrar en qué punto la otra persona se equivoca para poder corregirla. Para nosotros es muy importante tener razón, nos identificamos con nuestras opiniones, porque creemos que nos definen.
Hemos aprendido a funcionar así, pero es muy interesante darse cuenta que nadie tiene la verdad absoluta de nada, porque no percibimos la realidad, percibimos lo que somos, la naturaleza de la percepción es siempre subjetiva. Es como tratar de convencer a alguien que el verde es mejor que el azul.
Si pudiéramos hablar con los demás respetando su punto de vista, sin necesidad de pensar que es erróneo, simplemente porque es distinto al mío, lo que sucedería es que mi atención se centraría en una escucha honesta.
Inconscientemente somos capaces de percibir si alguien nos escucha con atención plena y a ese nivel nuestra actitud y predisposición se abren de un modo totalmente distinto para que la comunicación pueda fluir.
Si observas, la necesidad de tener razón nos impide adquirir nuevos aprendizajes, porque cuando crees saberlo todo no te abres a puntos de vista diferentes y a propuestas nuevas. Sólo quien es consciente de que no tiene la verdad absoluta, que no tiene todas las respuestas, puede aprender. No hace falta tener ante ti una eminencia o un profesor, cualquier persona que se cruza en tu camino te puede dar la clave que necesitas en ese momento, si te abres a observar.
La virtud de los grandes sabios es la humildad, como dijo Sócrates “Sólo sé que no se nada”.
Creer que yo tengo razón, hace que mi forma de pensar sea rígida, intransigente y arrogante, por consiguiente esa será mi forma de comportarme conmigo mismo y con los demás. No se trata de adoptar nuevas verdades, sólo se trata de darse cuenta que hay mil formas de ver una realidad y eso te enriquece, ayuda a flexibilizar tu mente y a ver opciones que antes no contemplabas.
Así que ante una conversación, trata de escuchar sin necesidad de determinar si lo que decide la otra persona es cierto o no, es su visión, su forma de interpretar la realidad, más bien observa que puedes aprender tú de ello.
Tú puedes mantener tu opinión o no, exteriorizarla o no, sólo hablamos de una apertura mental interna que facilita la comunicación y expande mi visión porque puedo ver distintos paisaje desde el valle que desde la cima.
Recuerda prestar atención, mientras piensas no estas escuchando, el cerebro no puede hacer las dos cosas a la vez.
En cuarto lugar,
A mi modo de ver, hay algo importante que tener en cuenta en la comunicación. Porque a veces las actitudes de alguien nos irritan, incluso su simple presencia nos puede incomodar.

Como veíamos anteriormente, siempre estamos interpretando. Lo mismo sucede cuando vemos a una persona. Lo que yo veo en ella proviene de mí, de mis juicios, no la estoy viendo a ella en realidad, la percepción hace que tenga una visión sesgada y distorsionada de las personas y las situaciones.
¿Cómo podemos comprobar esta afirmación? Es sencillo, si yo escojo a alguien y le pregunto a 10 personas qué ven en ella, tendré 10 definiciones distintas. Porque cada una estará interpretándola en base a sus experiencias pasadas, sus creencias, sus expectativas y su estado de ánimo, y todas esas variables son distintas en cada persona. Cada uno se fijará en cosas distintas en función de sus intereses, de lo que considere importante, o en lo que su atención se esté enfocando en este momento de vida.
Pero si vamos un paso más allá, podemos ver que cuando algo nos gusta o nos disgusta en demasía de otra persona, es porque aparte de interpretarla, estoy proyectando en ella algo que no está resuelto en mí.
Si me molesta mucho que mi jefe grite, puede ser que yo no me permita gritar al considerarlo inapropiado, pero en ocasiones me encantaría hacerlo, sin darme cuenta lo estoy reprimiendo y eso me causa conflicto y cuando veo a alguien que sí se lo permite, me enojo.
Puede ser porque mi padre gritara cuando yo era pequeño y eso me asustaba, y cada vez que oigo gritos evoco ese recuerdo… en cualquier caso, sea cual sea el motivo, lo que está claro es que el malestar proviene de mí y la otra persona simplemente lo detona. Si ese malestar no estuviera previamente en mí, no habría nada que detonar.
Si me doy cuenta de ello, puedo entenderlo, y los gritos seguirán sin gustarme, pero dejaré de sufrirlos. Lo que me afecta de los demás tiene más que ver conmigo que con los demás.
Y si vamos otro paso más allá me podría preguntar, ¿para qué trabajo con alguien que grita si eso me incomoda? Tal vez esta relación apunte directamente a algo que hay que sanar en mí, que de no ser por esa persona no estaría viendo. Si en lugar de evitarla o culparla, cambio el foco para buscar en mí, es cuando esa persona se convierte en mi maestra y puedo agradecer su función.
La solución no está en que mi jefe deje de gritar, sino en que yo me dé cuenta que si no quiero trabajar con alguien así, tengo la libertad de marcharme. Puede que eso me confronte con mi miedo a la inestabilidad o a no encontrar otro trabajo. La honestidad con uno mismo nos hace libres de irnos o de quedarnos, pero dejamos de proyectar culpas en los otros para darnos cuenta que los demás son como son, sin más.
Es tan amplio el aprendizaje que podemos extraer de cada persona que se cruza en nuestro camino. La propuesta es observar y en lugar de pretender que cambie, centrarnos en averiguar ¿Qué me está enseñando esa persona de mí? ¿Qué aspecto de mí no está resuelto y gracias a ella me he dado cuenta y lo puedo atender?
Las causas siempre están en nosotros y eso nos da un enorme poder, el de la responsabilidad, ¿lo vas a usar? La recomendación es dejar de buscar culpables externos y poner foco en ti para atenderte.
En quinto lugar,
Así pues, para mejorar la comunicación podemos poner en práctica la escucha empática ¿Cómo?

- Punto 1: Atender con todos mis sentidos cuando alguien quiera hablar conmigo, encontrar el momento adecuado, dejar el móvil, cerrar el ordenador y prestarle toda mi atención.
- Punto 2: Escuchar y observar a la otra persona, sus palabras y sus actitudes no verbales.
- Punto 3: Una vez que he escuchado, tengo que asegurarme de que he entendido y la mejor manera de hacerlo es preguntar. Así podré resolver las dudas que me hayan surgido y completar la información para poder entender sus circunstancias y cómo se siente.
- Punto 4: Reformular, repitiendo lo que has entendido es otra manera de asegurar que he entendido correctamente a la otra persona y que ésta se sienta comprendida por ti.
- Punto 5: Si ponemos toda nuestra intención en escuchar al otro sin juzgar, sin la necesidad de tener razón, mirando el significado que hay detrás de las palabras y entendiendo que lo que me disgusta de ella está en mí. Nos acercaremos a una comprensión de la comunicación nunca antes experimentada.
¿Lo probamos?
Por último quería compartir un poema de Jorge Bucay que me pareció hermoso:
"Quiero que me oigas sin juzgarme. Quiero que opines sin aconsejarme. Quiero que confíes en mí sin exigirme. Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí. Quiero que me cuides sin anularme. Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí. Quiero que me abraces sin asfixiarme. Quiero que me animes sin empujarme. Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí. Quiero que me protejas sin mentiras. Quiero que te acerques sin invadirme. Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten, que las aceptes y no pretendas cambiarlas. Quiero que sepas que hoy puedes contar conmigo, sin condiciones."
Recuerda que no podemos recibir lo que no estamos dispuestos a dar.

Gracias por leer, comentar y compartir este artículo.
Si quieres saber más acerca de la percepción y los sesgos cognitivos hablo ampliamente de ello en el artículo y podcast “¿Somos nuestra personalidad?”.
Un fortísimo abrazo.
Regina Prieto.
Te invito a suscribirte a mi blog, te espero con un regalo de bienvenida.
