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Todos tenemos que tomar decisiones constantemente. Cada día, en todo momento aunque no seamos conscientes de ello, estamos decidiendo.
La elección de una alternativa descarta todas las demás, y tiene un impacto, grande o pequeño, en nuestra vida.
Pero en ocasiones nos encontramos ante una encrucijada, varios caminos posibles se abren ante nosotros y nos cuesta decidir por cual seguir.
Talvez porque por su magnitud tiene el potencial de cambiar significativamente nuestra vida, o así lo percibimos.
¿Me cambio de trabajo, o me quedo en el que estoy? ¿Me mudo a un apartamento en el centro, o a una casa a las afueras?
¿Cuál de estos caminos me conducirá a un mejor destino?
A veces la voz de nuestra intuición nos indica el camino y nos sentimos ilusionados ante la perspectiva de emprender el camino escogido.
Pero otras veces no sabemos qué decisión tomar y sentimos cierto malestar ante la confusión. Si esta situación se dilata en el tiempo nos puede conducir a la temida parálisis por análisis: ¡No dejamos de pensar en ello, pero no podemos decidirnos por ninguna opción! Instalados en ese bucle de pensamiento cada vez nos cuenta más salir de él.

La buena noticia es que podemos disipar las dudas y ver con claridad la situación, para ello la sugerencia es realizar un poco de autoindagación:
En primer lugar plantéate si realmente tienes que decidir. A veces consumismos energía dándole vueltas a una hipotética situación que no ha llegado y no sabemos si llegará. Si ese es el caso suelta la confusión, cuando llegue, si llega, yo lo afrontaremos.
En segundo lugar, si estas en puertas de una decisión importante, es lógico, sano y necesario, que en mayor o menor medida, sientas miedo. Puede presentarse en forma de leve inquietud, ansiedad, estrés o incluso pánico. En cualquier caso lo primero es rebajar esta emoción que nos dificulta pensar con claridad porque activa nuestro sistema de amenaza. Literalmente no podemos pensar porque los mecanismos del cerebro nos ponen en guardia, suspendiendo a su vez la capacidad de análisis.
Deberíamos perderle el miedo al miedo comprendiendo que su función es biológica y adaptativa, pretende protegernos y va a estar ahí siempre que nos sintamos en peligro (real o imaginario).
Cuando nos adentramos en “territorio desconocido”, cuando ante nosotros se abre un espacio de incertidumbre que socaba nuestra seguridad, estabilidad o integridad, el miedo va a estar presente, es su función advertirnos de ello.
Equivocadamente pensamos que tener esas sensaciones es señal de cobardía, pero se trata de una reacción que se desencadena para nuestra supervivencia. Saber que es normal que el miedo nos viste y aceptarlo, ya rebaja un poco su intensidad.
No existen certezas absolutas en la vida, por otro lado sería muy aburrido saber siempre de antemano que sucederá y como sucederá, ¿no te parece?
Lo que sí podemos hacer es tratar de atenuar la incertidumbre.
Para ello busca toda la información que puedas sobre cada alternativa. Eso te dará cierta sensación de control y el miedo perderá poder sobre ti.
En tercer lugar, si existe la posibilidad y crees que lo necesitas, pide más tiempo para aclarar tus ideas. No tomes una decisión precipitada de la que te puedas arrepentir.
A veces la situación pide una decisión inmediata, pero otras veces nos sentimos presionados por factores externos sin plantearnos que talvez pueden ser atenuados, plantéate explorarlo si lo necesitas.
En cuarto lugar, pon el foco en lo que deseas obtener con la opción elegida, de este modo entran en juego el optimismo y la ilusión. Si por el contrario al decidir, te centras en lo que debes hacer o lo que quieres evitar, te estas fundamentando en el temor y la resignación.
Por ejemplo, no es lo mismo aceptar un empleo porque te ilusiona lo que puedes aprender en él, lo que tus compañeros te pueden aportar, pensando en todas aquellas personas a las que puedes enriquecer desde el desempeño de tu función, sea la que sea… Que aceptar ese mismo empleo por temor a no encontrar otro mejor.
La situación es la misma pero el foco completamente distinto, como consecuencia la emoción con la que te levantaras cada mañana cambiará completamente tu día, sin ninguna duda.
Así pues, piensa en términos de “¿Qué quiero hacer?” que sugiere deseo.
Las palabras son poderosas, evocan realidad en nuestros pensamientos que se trasladan a nuestras acciones y resultados.
¿Qué tipo de energía prefieres que tiña tu nueva realidad? ¿El optimismo, o la resignación? Te aseguro que en un caso u otro, lo vivirás de forma muy distinta, reenfoca la situación.

En quinto lugar, revisa tus valores. Para que sea satisfactoria, la decisión que tomes, tiene que ajustarse a tus prioridades y necesidades actuales.
Hablamos de los valores funcionales, no de los idealizados. Es decir, los valores que se manifiestan mediante conductas concretas en tu día a día.
Puede que tu ideal sea la libertad, pero si en la mayor parte de conductas de tu día te apegas a la seguridad, tu valor funcional es la seguridad.
Por supuesto podemos cambiar valores, creencias y patrones de conducta si lo deseamos, pero eso pide de nosotros un nivel de implicación grande con nuestro proceso de desarrollo personal. Si ese es tu interés, ya lo iremos viendo en otros artículos.
Como ejemplo podríamos decir que si mi valor fundamental es la libertad, y escojo un trabajo que me mantenga muy atado, difícilmente me sentiré a gusto.
Ejercicio: Contrasta tus valores con los pros y contras de cada opción, te será sencillo porque dispones de la información necesaria que previamente has recabado.
Si ninguna de las opciones te satisface, seguro que existen más alternativas de las que estás viendo, plantéate buscarlas.
A veces pensamos que solo existen la opción A o la opción B, sin recordar que el alfabeto tiene 28 letras. Para ello es necesario abrir la mente e indagar otras posibilidades.
Si optas por conformarte con una opción que no te satisface del todo, asegúrate de centrarte en los factores positivos que sin duda tiene y en dar lo mejor de ti. Empezar con ilusión y optimismo asegura que el camino recorrido será beneficioso para ti, independientemente del resultado.
En sexto lugar, ¡escucha a tu intuición!, pero ¿qué es la intuición? Es un pálpito que te impulsa hacia una dirección más allá de la razón, y se basa en tu emoción. A veces nos resistimos a escucharla, o simplemente estamos tan desconectados de nuestra emocionalidad que no podemos identificarla.
Es muy útil despertar nuestra intuición para que nos ayude a decidir con el siguiente ejercicio: Cerrando los ojos, imagínate por un momento en uno de los posibles escenarios, conéctate con el mayor detalle posible a la situación, experimenta cómo sería tu vida y cómo te sientes con ello. Realiza este ejercicio con todas y cada una de las opciones y anota tus impresiones.
Si sigues tu emoción acertaras siempre aunque te equivoques… y me explico. Muchas veces ya hemos tomado la decisión antes incluso de que empecemos a reflexionar sobre ello, y si no escogemos la opción hacia la que nos empuja nuestra emoción, no sabremos porque, pero nos sentiremos en incoherencia.
Por lo tanto, la opción en la que te sientas más feliz y relajado en tu imaginación, es tu mejor opción. No porque tengamos certeza del resultado, lo cual es imposible, pero tenemos certeza de hacia dónde nos guía nuestra intuición y eso nos asegura coherencia en nuestro interior. A veces la opción más lógica no es la que más nos satisface, o si… pero date la oportunidad de escucharte.
En séptimo lugar, vencer el temor a equivocarse, lo que ayuda es valorar en cada una de las opciones, que es lo peor que podría pasar, y preparar una posible solución para esos hipotéticos casos. De nuevo nos dará sensación de control y nos ayudará a rebajar tensión.
Además es útil recordar que la mayoría de nuestros temores que a menudo nos atenazan, por suerte, no se suelen hacer realidad.
Recuerdas alguna situación en que temías hacer algo y una vez realizado pensaste, ¡ah pues no era para tanto…! La realidad suele ser más benévola que nuestra mente.
Una de las presunciones de la PNL (Programación neurolingüística) es la siguiente: “no existen errores, solo resultados”. Y lo cierto es que muchas veces nos quedamos apegados a una situación que calificamos como buena pero nos impide crecer, y no nos hace felices. Y otras veces en cambio, las situaciones que calificamos como negativas nos traen aprendizajes trascendentales y nos proyectan a nuevos paisajes que nos hacen florecer.
La sabiduría consiste en extraer de toda vivencia un aprendizaje que sea útil a tu vida, dejando de lado todo juicio hacia ti, hacia los demás o hacia la situación. De esta manera no sólo aprendes, creces y evolucionas, sino que además dejas de repetir los mismos patrones una y otra vez.
En octavo lugar, ante una disyuntiva importante, a veces, nos cuesta tomar la decisión porque creemos que será algo definitivo, “para siempre”. Pero si hay algo permanente en la vida es el cambio y resistirse a él conduce al sufrimiento.
Puede que más adelante cambies la ruta que hoy tomas, y eso es fantástico, adaptarse a los cambios nos ayuda a explorar nuevos recursos que teníamos dormidos y a fortalecer nuestro autoconcepto.
Dar lo mejor de nosotros en cada situación, aprender, disfrutar y saborear cada momento es lo mejor que podemos hacer por nuestro bienestar y el de nuestro entorno.
Así que la recomendación es afrontar la decisión con ilusión, conectado con tu intuición, valorando las opciones posibles y contando con la información necesaria.
Si después de hacer los ejercicios propuestos aun ejerzo resistencia a decidir, lo que debería preguntarme es ¿Realmente quiero decidir? ¿Qué beneficio obtengo de no tomar una decisión en esta situación? En nuestras conductas nos mueven una intención positiva, aunque la conducta en sí no lo sea.

Por ejemplo, cuando fumamos es porque hallamos una intención positiva en ello, talvez nos ayuda a calmarnos, o a socializar.
Si no hallamos la intención positiva y realizamos una sustitución consciente que cubra esa necesidad, será más complicado dejar de fumar. Si me doy cuenta, observando mis conductas, que fumo cuando estoy nerviosa, podré dejar de fumar más fácilmente si lo sustituyo por una actividad que también me calme cuando esté nerviosa, talvez el yoga, salir a caminar, realizar respiraciones profundas… Entonces, la intención positiva que halló nuestro cerebro para programar la conducta de fumar, en su momento, sería la de calmarnos, que a base de repetir se ha convertido en un hábito. Ya hablaremos del gran poder de los hábitos en otros artículos.
Volviendo a la intención positiva en el caso de no decidir, me parece muy importante detectarla, porque la finalidad es eliminar las excusas que me estoy contando a mí mismo, porque en ocasiones, sin darnos cuenta, nos autoengañamos.
Por ejemplo, quiero cambiar a un trabajo mejor y tengo una buena propuesta sobre la mesa, pero me siento incapaz de dar el paso. Si nos mantenemos enredados en nuestra mente y no encontramos cómo salir del bucle suele ser porque realmente no queremos tomar acción, aunque sea contraproducente para nosotros (como en el caso de fumar, no lo dejo aunque me perjudica).
¿Qué beneficio obtengo de no tomar una decisión en esta situación? Puede que sea una muy buena opción pero ¿me compensa el esfuerzo de cambiar y todo lo que ello conlleva?
Puede que no nos sintamos capaces de estar a la altura, puede que nos hayamos acomodado en la situación actual y no hallemos la motivación para salir de donde estamos. En este caso deberíamos buscar nuestro “para que”, es decir, nuestra motivación. Tiene que ser lo suficientemente potente para que tire de nosotros en esta situación.
El cerebro funciona alejándonos del dolor y acercándonos al placer. Debemos en este caso asociar placer a la decisión que tomamos.
Si por ejemplo asocio el nuevo trabajo a tener más tiempo libre para estar con mi familia, y para mí la familia es una de mis prioridades, este podría ser mi “para que” ¿para qué cambias de trabajo? Para estar más con mis hijos. Entonces se hace más fácil asumir el riesgo que todo en la vida conlleva.
«Lo que el corazón quiere sentir, la mente se lo muestra»
Mario Alonso Puig
Solo un último apunte que me parece fundamental. No decidir también es una decisión. “Decido no tomar acción”
Puede que no sea tu momento y lo recomendable sea esperar y tener paciencia, lo cual es perfecto. Pero asegúrate de no dejarte arrastrar por la corriente, puede que llegues a tu destino, pero es muy poco probable.
La propuesta es ser proactivo y tomar responsabilidad para dirigir tu vida hacia donde tú quieras, con la voluntad y el deseo de hacerla mejor, como un barco que surca el mar hacia un destino deseado, disfrutando el viaje. No le cedas tu timón a nadie, no hay nada peor que navegar sin rumbo por la vida.

¡Ojalá te ayude a decidir o a no decidir… tú decides!
Un fortísimo abrazo.
Regina
¡Gracias por leer, comentar y compartir este artículo!

Muchas gracias Araceli! Celebro que te sea de utilidad. Un fuerte abrazo!
Regina.
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Palabras sencillas llenas de significado clarificador. Maravillosa explicación!!!
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